miércoles, 21 de septiembre de 2011

Mi cruel destino

Como en toda familia, el primogénito se quedaba con todo, era el heredero de las tierras y los bienes, pero para mi desgracia fui el segundo hijo de una humilde familia, así que como era de costumbre tenia que abrazar la fe y volverme un creyente.
Desde mi juventud fui educado en la palabra de Padre, creador de la vida, preparándome de alguna forma para cuando cumpliera la mayoría de edad mi entrada en la Iglesia; una vez cumplí los 18 años, mi familia me envió a un monasterio para mi prueba final para ordenarme como emisario de Dios.

Sin saberlo fue el inicio de algo que en un futuro sera crucial para la supervivencia de la fe.

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